01 Diciembre, 2023

¡Qué ladrillo!

Por: Maria Bibiana Botero
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La brecha de género es real y concreta: acompaña a la gran mayoría de mujeres en el ámbito familiar y laboral. El Premio Nobel de Economía que la Academia Sueca entregó a Claudia Goldin por decir con letras mayúsculas que tenemos un problema viejo y enconado en el mercado de trabajo tiene un valor científico evidente, pero también significa reivindicación.

Las razones que da van más allá de las discusiones típicas sobre si los salarios son bajos en los sectores económicos altamente feminizados o de si bajan en los masculinizados que se feminizan. La pregunta también pasa por el grado en el que la maternidad rompe las trayectorias laborales, o por si las cargas de puertas para adentro de las familias están bien distribuidas entre hombres y mujeres. Cuando nació mi hija mujer alguien me dijo: “Aseguraste la niña, con eso tienes garantizado quién te va a cuidar tu vejez. Porque los hombres son de la calle y las mujeres de la casa”. De ese tamaño es el atraso y sesgo cultural que nos acompaña.

El recorrido de la profesora Goldin por las brechas de salario durante el siglo XX demuestra empíricamente que, si bien ha aumentado la participación de las mujeres en el mercado laboral en medio de una revolución tecnológica y productiva, las diferencias en la remuneración frente a los hombres apenas se han cerrado.

La nobel incorpora un factor novedoso a la ecuación de las diferencias de participación económica, la formación y los permisos de maternidad mal distribuidos: el presentismo. Este fenómeno ayuda a explicar que parte de la lentitud para cerrar la brecha salarial se da no porque las mujeres se hayan cualificado menos, en promedio en muchos países supera a la de los hombres, sino porque ellos trabajan más horas.

Es una carrera en la que nosotras tenemos el entrenamiento, equipamiento y la actitud, pero llegamos a la meta cargando un ladrillo. El sobrepeso está en la distribución entre nuestros proyectos de vida individuales y la administración del hogar y el cuidado.

Los hombres corren la carrera a sabiendas de que pueden poner toda su energía y atención y adaptarse a los picos de trabajo porque pareciera que culturalmente su principal rol y responsabilidad es trabajar.

Con la inequitativa repartición de las cargas del cuidado nosotras debemos, además de eficientes, ser más rápidas para poder equilibrar la carrera del trabajo y el papel en el hogar. Esto se debe a que en general los trabajos de servicio y administrativos generan ambientes laborales donde la presencialidad y disponibilidad son sobrevalorados frente a la productividad o formación.

En ese escenario surgen las recomendaciones para que pasemos de los permisos de maternidad en “favor” de las mujeres a una licencia de parentalidad equilibrada entre padres y madres. Esta es una responsabilidad compartida de las familias y de los miembros que integran los hogares. No es exclusiva de las mujeres.

En nuestra realidad dos condiciones empeoran esta desigualdad: el alto nivel de hogares con jefatura femenina y familias con madres trabajadoras que reciben ingresos regulares y que emplean a su vez a mujeres de menores ingresos con responsabilidades propias de cuidado de hijos o dependientes.

Eso nos deja frente a la necesidad de contar con un sistema nacional del cuidado en el que empresas, comunidades, familias y el Gobierno generen mejor infraestructura y condiciones para la redistribución del tiempo entre hombres y mujeres.

En el ámbito empresarial tenemos un reto formidable: una comprensión diferente, audaz y urgente del valor de la presencialidad como eje del éxito y la productividad laboral. Este es un camino posible para soltar el ladrillo y competir con equidad y libertad.

María Bibiana Botero, miembro de Women In Connection.

Columna publicada originalmente en El Tiempo.


Fuente: El Tiempo. 1 de Diciembre 2023

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